100 colombianos opinan

Author: Anónimo (no verificado) Fecha:Diciembre 11, 2017 / Etiquetas: Brigitte Baptiste, Ciencia
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Por Brigitte Baptiste

Hace unos años se hizo popular un programa de televisión que seleccionaba a cien personas al azar en medio de la calle y les hacía una pregunta cualquiera, una especie de consulta sin parámetros que llegaba a ser divertida, pero carecía de toda validez. De hecho, el formato utilizado no se podía entender como encuesta, sondeo o entrevista exploratoria: era, desde el punto de vista de la construcción de conocimiento, inútil. Peor aún, daba la impresión de que manejaba datos y por lo tanto representaba cierta opinión del público. Una gran mayoría de medios siguen acudiendo a esta práctica para construir hechos, de ahí el carácter fundamental que tiene la crítica independiente combinada con la capacidad de verificación de las cosas, para lo cual existen métodos.

Actuamos de manera similar a este programa cuando nos tomamos una pastilla para tratar una gripa basados en las opiniones que informalmente recogemos por todas partes, haciendo un acto de fe en el cual se mezclan con igual convicción las recomendaciones de un homeópata, las de un especialista alópata o los familiares y amigos. A menudo lo justificamos diciendo que estamos acudiendo al “conocimiento tradicional”, como si la efectividad o validez de las tradiciones fuese equivalente a la improvisación o las supercherías. De manera lamentable, muchas personas pierden la oportunidad de sanar cuando optan por terapias “alternativas” aparentemente menos agresivas, más “baratas” o más atractivas por alguna otra razón. Por supuesto, no ayuda mucho la displicencia y arrogancia con la que en la medicina oficial trabajan, que compite con la amorosa disposición a ayudarnos de muchas personas preocupadas por nosotros... pero letales. Todo esto sucede porque no sabemos cómo opera el conocimiento científico, que avanza demasiado lento para quienes necesitan respuestas o tratamientos urgentes, a la vez que plantea demasiadas salvaguardas o limitaciones, por ser honesto y autocrítico.

“Cuando todo falle lea las instrucciones”, la vieja ley, tiene que ver con esta reticencia de la gente a entender cómo somos fieles seguidores de la cultura del consumo al punto de que ni leemos las etiquetas ni nos preocupamos del origen de las cosas, sus autores, las materias primas con que se elaboran, las consecuencias de su uso. Casi nadie sabe cómo se procesan la comida de la era industrial y los productos médicos, con grandes logros como la anestesia, los antibióticos o los analgésicos responsables en gran medida del bienestar cotidiano. Casi nadie entiende la relación entre las ondas electromagnéticas y las comunicaciones, la producción agropecuaria y la bioquímica, la geología y los electrodomésticos, por lo que somos pasto fácil de quienes manipulan nuestras decisiones con base en propaganda o intereses ideológicos. Acabamos yendo a cursos de autoayuda para tratar una hernia discal...

La cualidad fundamental de la ciencia es el método, la única forma de garantizar la trazabilidad y el alcance de las respuestas que requerimos. Se trata de un método que insiste en poner a prueba sus propias conclusiones, como si jamás pudiese estar tranquilo con los resultados que produce, pues reconoce de plano que no hay verdades absolutas ni certidumbre perfecta, lo cual no es apto para mantener el ego de algunos investigadores o los bolsillos de ciertos inversionistas, quienes dependen de la fabricación de verdades (es decir, de falsedades).

El método científico requiere hipótesis, experimentos controlados y repetibles, discusión entre pares y, ojalá, el reconocimiento cuantificado de los niveles de validez en los que operan sus hallazgos, aspectos casi imposibles de garantizar en medio del bochinche mediático favorecido por esa extraña alianza entre el derecho a la libertad de expresión y la interpretación amañada de los términos de la ley por parte de habilidosos defensores de los intereses particulares. Lo bueno de esto es que el método científico está al alcance de cualquier persona o grupo que lo desee utilizar para cuestionar.

La única garantía que tiene un ciudadano de que obtiene lo que necesita es combinar su curiosidad innata con el instinto de verificación de las cosas, algo que se ha venido ablandando cuando la educación es cómplice del consumismo y no del discurso crítico. Consumidores que cuestionan la calidad de ingredientes y procesos, que exigen cumplimiento de estándares de desempeño y calidad o que insisten en entender por qué las cosas se fabrican como se fabrican, expresan una voluntad de saber indispensable en el debate democrático racional y contribuyen a que los discursos políticos elaboren sus propuestas con bases empíricas y no supuestos convenientes, verdades a medias, razonamientos equivocados.

En tiempos de posverdad, la única garantía del conocimiento es el método: saber cómo se sabe, no preguntar a 100 colombianos qué opinan.

 

Las opiniones de los colaboradores no representan una postura institucional de Colciencias. Con este espacio, Todo es Ciencia busca crear un diálogo para construir un mejor país.

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