10 caminos para encontrar el Amazonas

Author: erincon Fecha:Octubre 24, 2019 / Etiquetas: Amazonas, diversidad, Colombia, Viaje

por Aleyda Rodríguez Páez

 

Existen allí peces que comen frutas, semillas que flotan en el viento, frutas suculentas destinadas a la alimentación de los pájaros y los primates, frutas leñosas y duras para una enorme cantidad de roedores, frutas que explotan, otras que son transportadas por murciélagos, semillas que nadan, e incluso semillas tan pequeñas que pueden ser dispersadas por las hormigas. 

Shadows in the sun, Travels to Landscapes of Spirit and Desire, Wade Davis

 

Un dibujo en un papel 

Cuando era una niña e iba al colegio, una de mis clases favoritas era la de geografía. En aquel tiempo esta se trataba de rellenar y colorear mapas. Mapas de mi país, de mi continente, de otros continentes, del mundo. Mapas en los que calcaba los ríos, las montañas, los valles, los límites entre uno y otro país, los asentamientos de los humanos de otros tiempos.

Fue gracias a los mapas y a la clase de geografía que tuve conciencia, por primera vez en la vida, del lugar del mundo en el que había nacido. 

 

Tomada de https://proyectos.banrepcultural.org/museo-etnografico/es/historias/primeros-exploradores-de-la-mar-dulce

Siempre preferí los mapas de América del Sur, quizás porque era mi continente o porque había aprendido que esta parte del mundo, llamada “trópico” era, en algún sentido, mejor que otras. 

Yo había nacido en un lugar de la tierra en el que había más ríos, que eran más grandes y anchos que todos los demás; había más pájaros, más bichos, más árboles, más comida, deliciosa y fresca, durante todas las épocas del año. 

En esta parte del mundo no había estaciones, ni caía la nieve, nos contaban los maestros con algo de tristeza. 

Pero en ese pedazo de tierra, que para entonces no significaba para mí nada más que un dibujo en un papel, se decía que existía otro lugar, algo así como un paraíso dentro de otro paraíso.

Tomada de http://zoom-maps.com/page/south-america-old 

Los profesores nos enseñaban en la clase de geografía que habíamos nacido en una parte del mundo regada por el río más grande de la tierra: el Río Amazonas. 

A esa región, en los mapas de mi infancia, la llamábamos La Amazonía. Era una selva. 

A la Amazonía nunca me gustó dibujarla en mapas, pues tenía la sensación permanente de que ella no cabía en un pedazo de papel. Mis profesores me habían enseñado que no solo era enorme, sino también abigarrada, era tan diferente a cualquier otra cosa que conociera que incluso era difícil imaginarla.

Se cuenta una maravillosa historia sobre las exploraciones de Francisco de Orellana, el primer europeo en recorrer todo el río. En 1541, tras cruzar los Andes en busca de la mítica tierra de El Dorado, Gonzalo Pizarro envió a Orellana en una búsqueda desesperada de comida. Orellana navegó por el río Napo, un río rápido en el este de Ecuador, y se dice que, cuando finalmente llegó a la confluencia del río Ucayali, como se conoce la parte superior del Amazonas en Perú, se volvió loco temporalmente. Viniendo del paisaje seco de España, no podía concebir que un río en la tierra de Dios pudiera ser tan enorme. Poco sabía él lo que le esperaba 2.000 millas río abajo, donde el río se convierte en un mar y las riberas están a cien millas de distancia.

II

Árboles, pájaros y bichos

En los atlas de los que calcaba mis mapas, la Amazonía era como un gran tarugo en la mitad de mi continente, una masa grande, con apariencia de ser impenetrable, acaso un obstáculo. 

A la Amazonía prefería verla en fotos, aunque estas mostraran casi siempre lo mismo: un extenso colchón en donde no había lugar para otro color que no fuese verde, en todas las intensidades imaginables. 

Solo mil tonos de verde, una infinidad de formas, formas y texturas que se burlan a carcajadas de la terminología de la botánica de las zonas templadas. 

Fue en los libros de biología en los que descubrí que la selva amazónica no era un simple tapete verde, que ella tenía niveles, estratos o doseles —como las ciudades—, que en la parte de abajo crecían plantas chiquitas, más arriba otras medianas, después unas más grandes y al final, los portentosos árboles de copas densas que se robaban toda la luz del sol, razón por la que —esto me lo enseñaron también mis profesores— dentro de la selva del Amazonas, anochece a las tres de la tarde.

Aprendí que en la selva había además muchos pájaros, aunque estos casi nunca salían en las fotos, pues el gran río y las copas de los árboles más grandes abarcaban la mirada. También aprendí que en la Amazonía viven muchos bichos

La mayoría de la gente suele pensar en la selva amazónica como un lugar con muchos árboles, pájaros y bichos. 

Un investigador encuestó el dosel de diecinueve individuos de una especie de árbol y encontró más de 1.200 especies de escarabajos. En parte sobre la base de este notable descubrimiento, los entomólogos ahora creen que las selvas tropicales albergan más de 30 millones de especies de insectos.  Tan solo de hormigas existen 10.000 especies. En cualquier momento hay más de 1.000.000.000.000.000 (un cuatrillón) de hormigas vivas.

III

Un paraíso sobre un desierto 

Me tomó un poco más de tiempo en la vida aprender que la Amazonía es más que árboles, pájaros y bichos. Lo siguiente que supe, además de que ella es pródiga y hermosa, es que es un ecosistema muy frágil. 

¿Por qué? Porque la riqueza y diversidad natural de estas selvas depende, por entero de los primeros centímetros de su capa de suelo, compuesta por un colchón de humus o materia orgánica, una tierra muy negra, la famosa terra preta de la Amazonía. 

 Tomada de http://www.ultrakulture.com/2015/10/25/terra-preta-amazonian-super-soil-ancient-ways-of-bio-designing-rainforests/

A su vez, la existencia de esta capa de materia orgánica solo es posible gracias a la diversidad de criaturas que viven allí y a las condiciones particulares de temperatura y humedad por las cuales los procesos biológicos ocurren a una velocidad mucho mayor que en las zonas templadas: los nutrientes se producen y se consumen a una velocidad mucho más alta que en cualquier otro ecosistema. 

Si cierras los ojos, puedes sentir el zumbido constante de la actividad biológica: evolución, si lo deseas, trabajando a toda marcha.

El suelo de la Amazonía, sin ella misma encima, no tiene casi ningún valor. La Amazonía existe por y para sí misma.

IV

Tierra infértil

Desde hace ya varias décadas se deforestan enormes  extensiones de la selva amazónica, bajo la promesa de tierras fértiles para establecer cultivos extensivos o pastizales para mantenimiento de ganado, pero la realidad, comprobada por los ecólogos del suelo, es que la riqueza mineral de estos 10 cm. de suelo fértil se agota por completo tras un un tiempo de producción muy corto, de no más de una década o década y media. Cuando la riqueza acumulada en esta capa superficial se agote no existirá allí nada más que arena inerte, sin ningún valor. 

En otros ecosistemas los minerales del suelo, que nutren a las plantas, están presentes también en capas más profundas de este, por esta razón su período productivo, tras el desmonte de la capa vegetal, puede ser mucho más amplio que en el caso de la selva Amazónica. 

En 1974, Volkswagen adquirió 10.000 kilómetros cuadrados (3. 800 millas cuadradas) de selva tropical brasileña, aplicó defoliantes desde el aire y luego incendió la tierra, creando el mayor incendio provocado por el hombre deliberadamente en la historia registrada. 

Los agrónomos más optimistas que trabajaban en el sitio estimaron que el ganado podría pastar en la tierra durante doce a catorce años. Cada animal puesto en la tierra requiere 2. 2 acres de bosque convertido para producir unas pocas docenas de libras de carne. Un solo árbol de castaño que queda en pie en el bosque produce una tonelada de semillas ricas en proteínas cada año. Increíblemente, hoy en día no hay lugar en el Amazonas donde las tierras forestales convertidas en pastos antes de 1980 todavía mantengan ganado. 

La cría de ganado es una forma de utilizar la tierra, pero cuando se considera el verdadero potencial de la selva tropical, es más bien como usar un Van Gogh para encender una fogata. Hace el trabajo, pero a un costo incalculable.

V

Un oso perezoso de tres dedos

Los perezosos de tres dedos, nos cuenta Wade Davis en su libro Shadows in the sun, Travels to Landscapes of Spirit and Desire, son una excelente metáfora para entender el delicado equilibrio de la selva amazónica.

 Tomada de https://www.flickr.com/photos/thowra/2081428662

Estos son animales extraños, tanto por su apariencia como por su ritmo vital. Se mueven muy lentamente, de forma literal, a la misma velocidad de un caracol. Su pelo moteado tiene una coloración verde, conferida por los distintos tipos de algas que lo parasitan. 

Pero el perezoso de tres dedos no solamente es el hospedero de estos organismos, ellos son, en realidad una masa vibrante de vida: un solo perezoso, cuyo peso promedio es de 5 kg, es también el hogar de al menos mil escarabajos. 

Sus rarezas no paran acá. El perezoso de tres dedos habita en el dosel superior de la selva, es decir, en las copas de los árboles más altos. 

Como consecuencia de su metabolismo lento, este animal solo defeca una vez por semana, y a su paso, decididamente lento, baja desde la copa del árbol a su base para depositar sus heces allí, en un montículo de tierra.

¿Cuál es la razón para que este animal decida bajar de la copa de un árbol, a un paso extremadamente lento, para depositar sus heces y luego volver a subir hasta la copa del árbol, en vez de defecar en el aire? Por paradójico que resulte, el perezoso de tres dedos tiene una gran urgencia por “devolver” a su árbol hospedero los nutrientes que le ha proporcionado. 

Los biólogos han sugerido que al depositar las heces en la base, el perezoso mejora el régimen de nutrientes del árbol huésped. El hecho de que una cantidad tan pequeña de material nitrogenado pueda realmente hacer una diferencia sugiere que esta cornucopia de la vida es mucho más frágil de lo que parece.

VI

Farmacopedia 

Para los más escépticos respecto a los conocimientos ancestrales o saberes tradicionales, puede resultar odioso saber que una gran cantidad de compuestos químicos para uso farmacológico han sido extraídas de la selva amazónica, y que estas medicinas, que en un tiempo se consideraron “naturales”, hacen parte hoy en día de los vademecums de la medicina alopática. Muchos de estos medicamentos fueron descubiertos y, en gran medida, desarrollados por las poblaciones indígenas. 

 Tomada de https://edition.cnn.com/2014/02/27/opinion/plotkin-amazon-shamans/index.html

  • Aproximadamente el 60 por ciento de las drogas modernas se derivan de productos naturales. 
  • En el mundo existen 121 medicamentos recetados, clínicamente útiles, derivados de noventa y cinco especies de plantas superiores, cuarenta y siete de los cuales son nativos de la selva amazónica. 
  • La mayoría de estos, alrededor del 75 por ciento, fueron descubiertos en un contexto popular.
  • A nivel mundial, las ventas anuales de productos farmacéuticos derivados de plantas superan los $ 70 mil millones. 
  • Hoy en día se admite que el 70% de todas las plantas con propiedades antitumorales se han encontrado en los trópicos.

Es importante hacer notar que el porcentaje conocido y estudiado del potencial farmacológico de plantas y animales de la Amazonía es aún muy bajo y permanece en gran medida inexplorado:

  • Más del 90 por ciento de las plantas en las selvas tropicales de América del Sur aún no han sido sometidas a pruebas químicas superficiales. 
  • En todo el mundo, menos del 15 por ciento de las plantas superiores han sido examinadas por actividad anticancerígena. 
  • En la Amazonía, de 80,000 especies de plantas superiores, solo 470 han sido investigadas en detalle.

Sin el conocimiento médico de los pueblos indígenas de la Amazonía, no habría sido posible conocer y obtener estas sustancias. Fueron los chamanes y sanadores de la selva quienes guiaron a muchos científicos, dentro de esta, para conocer las plantas y animales de donde se podrían obtener sustancias curativas. 

Los regalos para el mundo moderno del chamán y la bruja, el sanador y el herbolario, el mago y el sacerdote.

VII

Despensa alimenticia

Una gran cantidad de los alimentos de consumo normal en gran parte del mundo fueron domesticados por los pueblos indígenas de la selva amazónica, mediante un proceso de mejora genética basado en la observación y el error (del mismo modo en que procede el método científico) sin el cual: 

Suiza no tendría chocolate, Hawaii no tendría piña, Irlanda no tendría papa, Italia no tendría tomates y en India no habría berenjenas, África del Norte no conocería los chiles ni Inglaterra la yuca. Ninguno de nosotros conocería la vainilla, la papaya ni el maíz. 

 

VIII 

Un lugar de reencuentro y creación entre dos mundos

La conservación de la Amazonía no debería tratarse de un conflicto entre el progreso y el atraso, ni entre formas de conocer consideradas espurias, a la luz de los conocimientos científicos actuales, y la ciencia moderna, pues dependen tanto uno de los otros, como los individuos dependen entre sí en el ecosistema de la selva húmeda tropical. 

La selva, así conservada, puede seguir aportando —como ya lo ha hecho— al progreso del mundo, y el progreso del mundo no se detendrá por nuestros esfuerzos por conservar uno de los ecosistemas más pródigos y asombrosos del planeta. La Amazonía es el lugar propicio para dejar atrás el falso dilema entre conservación o progreso. 

Baste con recordar que, por ejemplo, los pueblos amazónicos entregaron a la ciencia moderna sus conocimientos sobre el uso y extracción del caucho, con el que se fabrican hoy en día las llantas de los automóviles y aviones “que mueven al mundo”. 

La Amazonía ha sido, es y puede seguir siendo, también, el lugar de encuentro entre distintas aproximaciones al mundo que, en todo caso comparten un objetivo común: hacer mejor la vida de todos sobre la tierra,  a través del conocimiento como producto de la observación del propio entorno y la experimentación.

La estrategia ideal es aprender de quienes conocen mejor el bosque. Al recurrir a los pueblos indígenas y al estudiar su uso de las plantas, es posible demostrar que el potencial de generación de ingresos a largo plazo del bosque en pie es igual o superior a la ganancia a corto plazo resultante de su destrucción.

IX

El primer laboratorio de dios

La última vez que estuve en cine, vi El Sendero de la Anaconda, un documental de producción nacional, que presenta la travesía de Wade Davis, un escritor canadiense —algunos de cuyos párrafos e ideas he recogido en este artículo— quien viajó a Colombia para acompañar al antropólogo Martin von Hildebrand a recorrer, al lado de las comunidades indígenas del Río Apaporis, la selva amazónica colombiana, específicamente en la región de la serranía de Chiribiquete, en pleno macizo guyanés, un paisaje dominado por enormes formaciones geológicas llamadas tepuyes, que confieren un aspecto estremecedor al paisaje. 

No soy una persona dada a llorar en el cine, pero he de admitir que la contemplación de la vista aérea sobre la Serranía de Chiribiquete en este documental me conmovió profundamente, en especial cuando el narrador afirma que este “fue el primer laboratorio de dios”, desde ese día me pregunto si esta es tan solo una frase efectista o si hay un significado más profundo allí. 

Ver la película y escribir este artículo me regalaron también un nuevo objetivo a cumplir: sobrevolar estas tierras alguna vez —pues no es posible entrar a pie— y poder ver con mis propios ojos lo que nunca pude encontrar en los mapas de la infancia, ni imaginar a través de las fotos de los libros, ni en las crónicas de los viajeros que enloquecieron en su contemplación, ni entender a cabalidad a través de los conceptos de los ecólogos en los libros de biología, ni en los de los etnobotánicos, que nos cuentan del potencial económico oculto en la Amazonía y nos prometen encontrar allí la cura contra el cáncer. 

Jugar a imaginar que soy uno de esos hombres o mujeres que contaron con la buena —o mala—  fortuna de nacer en un paraíso dentro del paraíso, de andar por sobre esos 10 centímetros de tierra fértil  e intuir que la tibieza que se sentía debajo de los pies descalzos era la vida misma, latente y a punto de brotar. 

Un lugar hermoso 

¿Es necesario que los conservacionistas se agoten en explicaciones sobre el potencial económico de la selva como justificación para causa? ¿Estamos en capacidad de entender y apreciar el mundo más allá de un sentido estrictamente utilitario? ¿No puede bastarnos como razón para conservar la selva amazónica su compleja y elaborada belleza, de la que también hace parte su fragilidad? 

Tomada de https://knittingittogether.com/2016/03/10/terra-preta-de-indio-the-mysterious-soil-of-the-amazon-and-beyond/

 

 

Aleyda Rodríguez Páez estudió filosofía en la Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá. Es editora de una revista online en español sobre seguridad electrónica y escritora freelance para diferentes medios de divulgación y tecnología.

Actualmente trabaja en una investigación periodística financiada por One World Media sobre la vacuna del papilomavirus humano.

 

Las opiniones de los colaboradores no representan una postura institucional de Colciencias. Con este espacio, Todo es Ciencia busca crear un diálogo de saberes para construir un mejor país.

 

 

 

 

 

 

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