Electrificados: entre la astrafilia y la fulminología

Author: erincon Fecha:Octubre 24, 2019 / Etiquetas: Rayor, electricidad, astrafilia, Tesla, tormenta

por Gilles Charalambos

Atraídos por su emanación luminosa e irradiación energética, nos interesa saber sobre su accionar y funcionamiento. Lo vemos, oímos y sentimos; de estas sensaciones, implicados en parte de su realidad física, presentimos otros procesos, metafísicos o idealistas, sobre los cuales imaginamos la configuración de nuestro cosmos.

Superlativa presencia, el rayo parece contener todos los elementos sustanciales que componen materialmente este mundo: como su vehículo, las nubes son movidas por el aire; anunciador de la lluvia, trae consigo el agua; ilumina con su luz hecha de fuego; atraído por la tierra se une a ella y la fertiliza.

Sabemos algo sobre algunos de los principios generativos y vitales que surgen por la interacción entre los rayos y la tierra, hierogamia de química natural y alquimia espontánea, que ha producido multiplicantes reacciones biológicas. Consideremos que la mezcla de gases primitivos como los metanos, activados por la electricidad y energía de los rayos, ha engendrado ácido ribonucleico: gestación primigenia de la vida. Asimismo, en esta relación conectiva con la tierra, el rayo libera nitrógeno desde la atmósfera y, transportado por la lluvia, este enriquece y fecunda el suelo.

¿De dónde tanta energía? ¿De qué está compuesto este fenómeno? En el espacio astrofísico el plasma es un océano cósmico de partículas eléctricamente cargadas. Realidad física material, distintivo y fundamental producto de la ionización universal. También en un nivel macrocósmico conforma y estructura la masa de galaxias, estrellas y planetas. Conductor de la energía y, a la vez, estado de la materia. Igualmente creados y formados por él, vivimos en un universo eléctrico. Así, los rayos son su manifestación mejor perceptible desde nuestro planeta.

No tan evidentemente, donde la paradoja es inherente a nuestra experiencia del mundo y desde otro nivel perceptual de la realidad física,  según  la  ciencia  podemos admitir que la mayoría del llamado “universo” estaría formado por antimateria. Partículas de este tipo han sido detectadas como haces y destellos de rayos gamma producidos en las relampagueantes tormentas eléctricas terrestres.

Sí, materia y antimateria pueden producirse por reacciones eléctricas que se comportan de manera similar a los rayos.  Estos mismos podrían haber sido la chispa de la vida terrestre. Creación de mundos, pero también destrucción.  Por supuesto, los rayos son peligrosos pues llegan a ser letales: evidentemente, su violenta fuerza puede provocar devastadores incendios pero, sobre todo, la electrocución alcanza a herir dolorosamente o matar fulminantemente a cualquiera. Temerosos de estas serpientes  incandescentes,  estamos  advertidos.  Su acción  súbita,  de  golpe,  manifiesta cierta aprensión que caracteriza nuestra interdependencia con la naturaleza. La incertidumbre incita: ¿cuándo?, ¿dónde caerá?, ¿a quién golpeará?, ¿y por qué razón? Recordemos algunos hitos históricos  desde  cierta  tradición  del  saber en  Occidente. En la antigua Grecia, Tales de Mileto (hacia el año 600 a.  C.)  observaba cómo al frotar ámbar este adquiriría la propiedad de atraer  otros  objetos; pocos  siglos  después Teofrasto (aprox. 371 a. C. a 287 a. C.) descubrió otras sustancias con la misma cualidad peculiar. Mucho más tarde, con la renovación de la ciencia en Occidente, en honor al ámbar (elektron) utilizado por Tales, el inglés William Gilbert (1544-1603) le dio el nombre de “electricidad” a esta fuerza que podía  distinguirse  de la magnética. Pero fue el inventor estadounidense Benjamin Franklin (1706-1790), experimentando con sus cometas, quien dio a conocer a la ciencia que los relámpagos contienen enormes cargas eléctricas y que estas se encuentran fluyendo por toda la materia. A comienzos del siglo xx  la  genialidad  de  Nikola  Tesla  proveyó  un impulso  definitivo para que la electricidad, manipulada y transmitida, se estableciera como la más importante fuente de energía sobre la cual dependería el desarrollo tecnológico.

Resulta obvio reconocer el impacto y dominio incontestable que la energía eléctrica ejerce en la actualidad cuando los procesos de producción e industrialización, información y comunicación, es decir, la mayoría de las áreas económicas o campos sociales y culturales, son alimentados por ella. Es así como en pequeñas cantidades eléctricas, electrónicas, también se efectúan las operaciones que posibilitan el surgimiento de nuestra innovadora realidad tecnocrática cada vez más virtual.

Pero... con otro lenguaje, metodologías y definitivamente con distintas intenciones, los antiguos habitantes de muchas culturas en todo el mundo, así como los indígenas actuales, de otro modo ya tenían conciencia4 de las propiedades y cualidades energéticas esenciales del rayo.

Claro está, utilizaban la electricidad aunque  no  proviniera  del  rayo.  Por ejemplo, en las antiguas medicinas tradicionales ya se recurría a la anguila eléctrica   como fuente para tratar, o inducir, pregalvánica y preneurológicamente, gran cantidad de males físicos o  reacciones  cerebrales.  Explícitamente, el uso de  pararrayos  así como la conducción de la  energía  eléctrica  de  los  rayos  son  históricamente  muy  antiguos y fueron utilizados en diferentes culturas5. También, se han redescubierto distintos dispositivos arcaicos, que pudieron funcionar como baterías eléctricas. Pero, de otra manera, por ahora ciertamente especulando, nos permitimos suponer usos mucho  más sofisticados en los cuales se podían convocar y atraer los rayos en rituales de sacrificios que desafían nuestra imaginación6.

En todo caso, lúcidamente forjaron una cosmovisión a partir de sus propias experiencias; dilucidaban e interpretaban este fenómeno desde la luz reflejada que se proyectaba sobre su mundo y cultura. Abundan las referencias históricas: recónditos conocimientos esotéricos o inmemorables comunicaciones exotéricas, acompañados de complejos cultos iniciáticos o exuberantes  ritos  colectivos,  dan  profusa  cuenta de arcaicos saberes avanzados quizás con tales profundidades conceptuales  que  ya no alcanzamos a sondear desde nuestras limitadas visiones actuales, ancladas en la inmediatez y certeza del “realismo” descriptivo.

Y, si el rayo es uno de los fenómenos naturales más admirado y respetado en el testimoniado devenir humano, ¿cómo no reconocer la trascendencia determinante que ha profesado en el desarrollo de las creencias sobre el mundo? ¿Qué pensar después de la fascinación o el susto? ¿Qué idear luego del asombro primero y la contemplación? ¿Mitificar? Quizás como visionarias significaciones de las cuales se han alimentado y desarrollado históricamente las culturas humanas.

 

4Para este tipo de consideraciones sobre la importancia de “otras” ideas y culturas, véase Lévi-Strauss, Claude. El pensamiento salvaje. Bogotá: Fondo de Cultura Económica, 1997 (1962).

5Muy anteriores al “invento” de Franklin, como por ejemplo en las milenarias estupas budis- tas, elevados edificios sagrados del reino de Anuradhapura en Sri Lanka.

6Véanse De Grazia, Alfred. God’s Fire. Princeton: Metron Publications, 1983; Ziegler, Jerry L. yhwh, Indra Gurts by Maruts. Stanford: Next Millennium, 1994. Crosthwaite, H. Ka,  a Hand- book of Mythology,  Sacred  Practices,  Electrical  Phenomena,  and  their  Linguistic  Connections in the Ancient Mediterranean World. New Jersey: Metron Publications, 1992.

Gilles Charalambos nació en Francia. Realizó estudios universitarios en Música y en Comunicación con Especialización en Televisión y de posgrado en Historia del Arte y Estudios Literarios. Trabajó desde finales de los años setenta en artes electrónicas y videoarte; también ha realizado instalaciones, performance, radioarte, televisión y textos. 

Ilustraciones de Mariana Rojas para Todo es Ciencia.

La publicación de este texto es posible gracias a un trabajo colaborativo entre Todo es Ciencia —Colciencias— y el proyecto de investigación Tecnologías y Ancestralidad, de la Línea Estratégica de Arte, Ciencia y Tecnología del Instituto Distrital de las Artes —Idartes—. Trabajo que tiene por objeto ampliar la circulación de algunos de los textos que integran las tres publicaciones realizadas por el Idartes que indagan sobre el concepto ampliado de tecnología a través de las diferentes formas de ver y comprender el mundo desde los saberes ancestrales y las tensiones que surgen con la tradición del pensamiento occidental, todo en el marco de la edición especial sobre Amazonía, saberes ancestrales y ciencia de Todo es Ciencia. El presente contenido editorial hace parte de la publicación Bajo el signo del rayo. Iconología de un arquetipo de los dioses del rayo. Parte 1: El signo en América de Gilles Charalambos.

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