Cuando se encuentran el arte y la ciencia

Author: Anónimo (no verificado) Fecha:Septiembre 06, 2018 / Etiquetas: arte, Ciencia, Tecnología, periodismo, recomendado
Benjamín Cárdenas, ilustrador colombiano que combina el arte y la ciencia Benjamín Cárdenas, ilustrador colombiano que combina el arte y la ciencia Benjamín Cárdenas, ilustrador colombiano que combina el arte y la ciencia

Por Renata Rincón

Benjamín Cárdenas quiere dejar un legado. Un tomo no oficial de la Colección Flora de la Real Expedición Botánica, con especies que no aparecen en su edición original de 51 tomos. En los anaqueles de su estudio ya encuadernó varias láminas con ilustraciones, en un aparatoso libro de 55 x 38 centímetros, este sería el tomo 52 que se sumaría a este legendario proyecto editorial.

Luego de graduarse de Bellas Artes en la National Academy School of Fine Arts en Nueva York a inicios de los años 80, de continuar sus estudios en la Art Students League de esa ciudad y de pasar la mayor parte de su vida al servicio de la academia desde el diseño gráfico en Colombia, entró en el mundo de la ilustración botánica, uno que requiere la reproducción exacta y rigurosa de la realidad, en el cual el espacio para la creatividad es muy limitado.

Poco a poco, desde hace veinte años, este bogotano se ha vuelto un experto en ilustrar plantas y animales a través de herramientas digitales y sus servicios son requeridos constantemente por académicos. A pesar de los avances de la fotografía, que harían pensar en la obsolescencia de la ilustración botánica, aún los investigadores utilizan este recurso porque una foto no siempre logra exhibir lo necesario. “Si hay que mostrar toda la planta, por más cámara especializada, hay detalles y perspectivas que no se ven”, explica Cárdenas, que tiene en su estudio una pantalla digital, diversas luces y un microscopio, como instrumentos de trabajo.

Para la ilustración de flora y fauna es indispensable la versatilidad y manejar técnicas de dibujo, materiales, conocer muy bien los colores y todo lo necesario para lograr realismo. “Ahí no puede haber divagaciones de tonos ni de texturas”, explica. En resumen, se necesitan conocimientos artísticos.

Beatriz González, una de las artistas colombianas más reconocidas, coincide con el ilustrador y justamente sostiene que la Expedición Botánica transformó el arte del siglo XIX. Las exigencias de su gestor, José Celestino Mutis, obligaron a los pintores criollos a desarrollar sus destrezas, a usar nuevas técnicas y pigmentos y, por otro lado, a dejar de copiar los cuadros de la colonia para mirar directamente la naturaleza colombiana. Esta travesía se considera como un gran aporte tanto para los artistas como para la ciencia.

Los artistas también generan conocimiento

Adriana Salazar, doctora en Artes y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México, cree que el tomo 52 que propone Benjamín Cárdenas podría convertirse en un ejercicio completamente artístico. Con una perspectiva diferente a la de Cárdenas, ella piensa en la relación de esta iniciativa con obras como el Herbario de plantas artificiales (2002, en la foto arriba) del bogotano Alberto Baraya, un trabajo en el cual el artista hizo su propia expedición. La diferencia con los trabajos de los biólogos y naturistas es que, en lugar de estudiar la botánica real, él examinó plantas artificiales, de plástico, y tergiversó la relación tradicional entre los científicos y su objeto de estudio.

La Expedición Botánica es de la colonización, de un conocimiento que viene de Europa, de unas clasificaciones de las plantas que eran muy diferentes aquí. Los pueblos indígenas las entienden de manera muy distinta y las clasifican de otra manera, así que es un símbolo de imposición de la ciencia como modo de colonización del territorio de las Américas”, dice Salazar y explica que desde su trabajo se identifica con obras como la de Baraya.

Bogotana, se ha dedicado a buscar un camino que muestre cómo se genera conocimiento desde el arte. “Lo que sucede con nosotros los artistas, y es algo con lo que uno debe batallar todo el tiempo, es que no nos toman en serio. Eso me incomoda. Viajé a estudiar a México porque el doctorado es la manera como a ti en las academias te avalan como alguien que realmente sabe lo que está haciendo”, cuenta Adriana Salazar.

Justamente acaba de inaugurar la exhibición Museo Animista del Lago de Texcoco, el producto de su doctorado. Mediante la arqueología, la etnografía y otras formas de medición cualitativa usadas por las ciencias estudió lo que queda de este antiguo cuerpo de agua ubicado en el territorio ocupado hoy día por Ciudad de México.

El fin era reconstruir lo que este lugar había sido después de haber muerto como lago, los restos de los intentos de devolverle algo de agua, de desarrollar proyectos urbanísticos y otros planes fallidos. “Con la arqueología, aquí en México hay cosas que se consideran valiosas, objeto de estudio y otras que no. Usé los procedimientos de ellos, con el método científico, pero para estudiar un objeto no valioso para ellos”, afirma Salazar. “¿Qué pasa si haces una arqueología de la basura, pero tratándola con el mismo respeto y valor que usaría un arqueólogo de profesión para tratar un vestigio prehispánico?”.

En obras anteriores, ella ya había experimentado con prácticas propias de las ciencias naturales. Plantas móviles y otros animismos usó la taxidermia para hablar sobre el concepto de la muerte, en unas instalaciones que presentaban aves disecadas, pero no rígidas como se suele encontrar a los animales en los museos y muestras de historia natural, sino con sus cuerpos flexibles. “Fue un proceso de complicidad con los taxidermistas que me ayudaron para esta obra. Yo tenía esta idea que ellos podían ayudarme a realizar y a la vez para ellos era un reto a su disciplina. Nunca lo habían hecho. Tuvimos conversaciones sobre la idea, si era posible y qué había que hacerle a la estructura del animal para que se pudiera mover”, cuenta. El resultado son varias instalaciones con animales disecados y flexibles como protagonistas.

Bird #1 (Pájaro #1) de Adriana Salazar en Vimeo.

Para ella, lo que diferencia a un artista de un investigador académico tradicional es la forma como se traza el camino. “Como científico tengo claro hacia dónde voy a ir, me dirijo hacia ese fin y uso los métodos que están disponibles para llegar a esa meta que yo necesito demostrar. Aquí, el camino es un poco más experimental”, explica Adriana Salazar.

El error como camino de creación para el arte y la ciencia

Para Andrés García La Rota, coordinador de la Línea de Arte, Ciencia y Tecnología del Idartes (Bogotá), los procesos científicos también son creativos. “Es más, si uno fuera al meollo del asunto encontraría que muchos de los procesos de creación dentro del escenario científico son errores. Son científicos que, porque se equivocan, llegan a otro lugar”, dice y recuerda el ejemplo del Viagra, desarrollado originalmente para tratar la hipertensión y la angina de pecho, y no para mejorar las erecciones, un efecto inesperado.

Adriana Salazar encuentra los errores fascinantes y por eso ha usado su obra para mostrar una perspectiva en la cual son protagonistas. En Proyectos sobre intentar, fabricó una serie de máquinas para realizar acciones como amarrar un zapato, enhebrar una aguja o prender un fósforo, que intentan una y otra vez cumplir su función, pero no lo logran. El error es el protagoniza. “La ciencia, a mi manera de ver, tiene una única forma de ver el mundo y yo he procurado hacer todo lo contrario. Usar sus mismas herramientas para mostrar muchos mundos posibles”, concluye la artista.

Daring machines de Adriana Salazar en Vimeo.

“Todo ese tipo de relaciones científicas y que, para mí, en mi criterio, son maravillosas, llegan justamente por esas fórmulas de creación que no logran tener un control absoluto”, dice García La Rota, graduado de Artes de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Al inicio de su carrera, en los años 90, construyó un robot cuyo brazo saludaría con el gesto característico nazi a los críticos cuando pasaran por su obra en la exhibición. Era un cuestionamiento a ellos. Se trataba de un mecanismo muy básico y vulnerable a la corriente eléctrica, producto de sus conocimientos autodidactas y elementales sobre robótica y electrónica. Los críticos se acercaron al robot, él lo conectó y no funcionó. “Empezó a temblar y se quemó. Yo me sentí muy desolado en ese momento porque sentía que había fracasado”, cuenta el artista. No obstante, uno de los críticos dijo que era una de las obras más contundentes que había visto, un robot latinoamericano agonizando por la baja tecnología. Una obra política.

Curioso por seguir experimentando con estos mecanismos, viajó a Argentina a estudiar artes electrónicas y, a su vuelta a Colombia, entre varias iniciativas como festivales de videoarte y experimentación, creó lo que hoy es Plataforma Bogotá (de Idartes), un laboratorio interactivo de arte, ciencia y tecnología, que ofrece actividades a lo largo del año relacionadas con estas áreas.

El arte electrónico, el más popular

La electrónica ahora ocupa un lugar destacado en el mundo del arte. Ya hace parte del programa de estudio de muchas universidades y está presente en múltiples ferias y exposiciones.

En Colombia, donde a finales de octubre el arte se toma varias localidades de Bogotá con eventos como ArtBo, La Feria del Millón dedica un espacio específico a la ciencia y la tecnología, llamado Voltaje. “La ciencia y el desarrollo tecnológico no sólo han sido el motor de los distintos avances de la humanidad. También han influenciado de manera muy clara el desarrollo artístico”, dice el curador Juan Ricardo Rincón, quien describe este salón como una muestra para acercar a la sociedad a la tecnología por medio del arte.

En el ámbito mundial, existen artistas que atraen públicos cada vez más amplios a presenciar espectáculos de arte electrónico. Ya es común el video mapping en eventos masivos, una técnica que consiste en proyectar imágenes sobre superficies tridimensionales. También llenan auditorios en festivales como el Mutek, dedicado a la creatividad digital, que empezó en Canadá y se ha replicado en España, México y Argentina.

Un artista de esta línea electrónica reconocido mundialmente es el japonés Ryoji Ikeda (1966), pionero en la visualización de datos. Por medio de la articulación de sonido, imágenes, fenómenos físicos y nociones matemáticas, elabora instalaciones y performances que atraen cientos de espectadores. Una de sus obras, de hecho, estuvo en el Museo de Arte de la Universidad Nacional.

En un ámbito aún más popular se encuentra la islandesa Björk, reconocida inicialmente por su música y ahora por su relación creativa con la tecnología. Entre sus múltiples obras, cada vez más inmersas en lo electrónico, su séptimo álbum musical, Biophilia (2011), fue una experimentación con científicos. Para este proyecto trabajó con matemáticos, biólogos y naturistas, con el objetivo de lograr, a través de la música, hacer visible lo invisible de la naturaleza. En la canción “Crystalline” traduce a compases la estructura de los cristales, en “Thunderbolt” la base rítmica es el sonido que emana de una bobina de Tesla y para “Solstice” encargó al Massachussets Institute of Technology (MIT) crear un instrumento que representara en sonidos el concepto de la gravedad.

La tarea estuvo a cargo del inventor Andy Cavatorta del Media Lab, experto en diseño interactivo y robótica, quien creó las Gravity Harps, unos péndulos de tres metros de altura con un arpa cilíndrica en su parte baja. “La creatividad de Björk va más allá de nuestra capacidad técnica, y es ahí donde uno quiere estar”, dijo en ese entonces el científico.

En Colombia, la serie documental Colombia Bio busca darle una mirada artística a unas expediciones científicas, más allá del solo hecho de capturar en imágenes el trabajo de biólogos o arquéologos. Así como la ciencia estimuló las capacidades de los artistas en la Expedición Botánica, el arte también ayuda a ampliar los límites de la ciencia.

 

Renata Rincón Barrero es periodista independiente, especializada en temas como cultura, medioambiente y ciencia. Escribe para medios como El Tiempo, Bocas, DonJuan, Colprensa, Periódicos Asociados, Diners, Terra y Revista Cambio.
Fotografías de Emilio Barriga para Todo es Ciencia.
Las opiniones de los colaboradores y los entrevistados no representan una postura institucional de Colciencias.

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