Agitado, pero no revuelto

Author: Anónimo (no verificado) Fecha:Julio 01, 2018 / Etiquetas: vehículos eléctricos, energía renovable, Energía, Mario Víctor Vázquez
Energía eléctrica, vehículos eléctricos. Ilustración de Lina Arias

Por Mario Víctor Vázquez

Autos que vuelan o se convierten en submarinos, teléfonos con videos, lapiceros con láser incorporado, gafas para ver lo que nadie ve, el infaltable trago agitado, pero no revuelto, y una que otra diosa saliendo del mar con cara de yo no fui. Esto nos recuerda a las aventuras imaginadas por Ian Fleming –creador de James Bond– que tanto nos han entretenido desde hace años. Varias ficciones como aquellas ahora son realidad, como los motores eléctricos. Conocemos que algunos circulan por las ciudades, en el interior de centros comerciales, en aeropuertos, incluso en el estadio cuando el habilidoso delantero es atendido con un quite deslizante por el recio marcador central y debe ser retirado para volver a pegar sus partes. En el ámbito deportivo vemos que se organizan silenciosas carreras en la denominada fórmula E. Y un señor surafricano con cara de estar planeando una travesura, hace poco tiempo superó la etapa de los voladores y lanzó al espacio un bonito Tesla Roadster eléctrico conducido por un muñeco sin nada que hacer.

Definitivamente el futuro está aquí. Pero, ¿esto de los carros eléctricos es verdaderamente una idea futurista? En realidad, se trata de una invención bastante vieja, incluso más antigua que los vehículos a combustión que contaminan alegremente nuestras ciudades. A partir de la presentación en sociedad de la pila de Volta a inicios del siglo XIX, y particularmente a partir de la invención de la batería de plomo a mediados del mismo, se cuenta con la posibilidad de convertir energía química en eléctrica y, entre otras aplicaciones, usarla para alimentar motores eléctricos. Los primeros vehículos no alcanzaban una velocidad muy superior a los carros tirados por caballos pero eran más limpios (al menos no dejaban residuos visibles) y más elegantes que aquellos. Pero si la tecnología se conocía desde entonces, ¿por qué recién en estos últimos años aparecen en nuestras vidas? Por una razón principal: en aquellos años la limitante de la eficiencia era justamente la batería. Normalmente implicaba ocupar un buen espacio del vehículo y por su peso se convertía en una dificultad para alcanzar una velocidad decente. En la medida en que se fueron mejorando las prestaciones de las baterías, se fueron resolviendo estas dificultades; sin embargo, en el momento que apareció el primer motor a combustión interna, a finales del siglo XIX, se dejaron de lado estos sistemas eléctricos y nació la posibilidad de desarrollar los vehículos que usamos actualmente. 

Todo hubiera sido historia si unos señores vestidos de blanco que viven en unos lugares donde hay mucha arena arriba y mucho petróleo abajo, no toman definitivamente la decisión por el año 1973 de no exportar más del valioso líquido. Esta crisis fue un llamado de alerta para los países consumidores y se retomó todo el interés en las energías alternativas. En aquel momento, gracias a una crisis política y actualmente porque se reconoce que las reservas de petróleo se acabará más temprano que tarde, volvemos a escuchar de estos aparentemente novedosos sistemas de transporte.

Sin ánimo de ser aguafiestas, reconocemos que estamos hablando de sistemas silenciosos de transporte y que no utilizan fuentes fósiles de energía pero, ¿solo se trata de reemplazar el pichirilo humeante por un aséptico vehículo más emparentado con Star Trek que con el Renault 4? Lamentablemente, esto no soluciona instantáneamente los inconvenientes. Al igual que sucede con todos los sistemas que utilicen energías alternativas (como la solar o la eólica), los científicos pueden diseñar y optimizar al máximo cada una mientras los vendedores se encargan de convencer a mucha gente para que los compre y así disminuyan los costos. Pero falta un eslabón, el que implica el desafío mayor: nuestros hábitos de consumo. Fijémonos en que estos vehículos por años vienen siendo utilizados para recorrer distancias demasiado cortas en reiteradas ocasiones, por ejemplo, para movilizarse por cascos históricos designados como zonas peatonales. En otras palabras: no se resuelve nada pasando de un sistema ineficiente a otro eficiente si al mismo tiempo no se modifican los hábitos de consumo. Pensar que las energías alternativas pueden reemplazar íntegramente las actuales para continuar con nuestras vidas como si nada y sin cambiar las costumbres es un gran error. Mientras tanto, se puede aprovechar la próxima espera de horas en un trancón y pensar en la fortuna de no estar sobre un vehículo eléctrico, salvo que tenga una extensión lo suficientemente larga.

 

Mario Víctor Vázquez es investigador, docente y divulgador científico. Profesor Titular de la Universidad de Antioquia. Doctor en Ciencias Químicas de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Director del programa radial El Laboratorio y creador del Colectivo Quími Komedia.
Ilustración de Lina Arias para Todo es Ciencia.
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