¿Por qué religión y ciencia no van de la mano?

Author: Anónimo (no verificado) Fecha:Noviembre 20, 2018 / Etiquetas: Ciencia, religión
¿Por qué religión y ciencia no van de la mano?

Por Oscar Trejo Bastidas

Se han realizado últimamente varios esfuerzos por mostrar a la religión, y más precisamente al cristianismo, como complemento de la ciencia, como un compañero y, en algunos casos, como si estuviesen unidos cariñosamente en la búsqueda de objetivos comunes. Congresos universitarios, artículos de divulgación, columnas de opinión, entre otras, presentan estas ideas que buscan diligentemente acabar con el “cliché cientificista”, que afirma que ciencia y religión son contradictorias.

Pero, ¿en realidad esto es un cliché? ¿Afirmar que no se complementan muestra un “fanatismo científico” de quienes han convertido la ciencia en religión? ¿Realmente estas dos se complementan? 

No. A riesgo de salir un momento de la corrección política, pienso que no son compatibles. Hacer esa afirmación no nos convierte en “fundamentalistas” de la ciencia, ni caemos en un lugar común, porque en realidad lo popular hoy es darle el mismo estatus de la ciencia a la fe religiosa, para no caer en el “irrespeto” hacia los sentimientos del otro, ni ser tomados por arrogantes. Pero no, no es por arrogancia, ni se trata de herir sentimientos, sino porque muchos tenemos la convicción de que cuestionar, y más aún, cuestionar lo sagrado, la autoridad o lo popular, es menester de una sociedad crítica que busque objetivamente la verdad.

Pues bien, empecemos explicando por qué se llega a la conclusión de que la religión es incluso hostil hacia el método científico.

En primer lugar, la historia nos muestra cómo el cristianismo ha acumulado un poder enorme durante alrededor de 18 siglos. Después de la caída del Imperio Romano, la iglesia llegó a influir o, más bien, regir en los aspectos políticos, sociales, económicos y culturales de las naciones de Occidente. Gobernantes de todo un hemisferio eran manejados por una especie de emperador divino, quien guiado por la fe y los dogmas propios de su religión, buscaba que cada alma de sus territorios gobernados fuese salvada del infierno, adhiriéndola desde infante a la única y verdadera creencia.

Pero, ¿qué sucedía si alguna de estas almas cuestionaba a la autoridad sagrada? ¿Qué podía pasar si un grupo de personas consideraba mejor otro concepto de dios y religión? ¿O qué le esperaba a alguien que quisiera buscar conocimiento más allá del revelado por Dios a través de sus representantes en la Tierra? Pues bien, para encontrar respuestas a estas interrogantes podríamos preguntarle al pueblo judío, teniendo en cuenta que hasta 1964 la doctrina de la iglesia incluía cánones antijudíos; o podríamos tener en cuenta la conversión forzada de pueblos indígenas, en especial en Centro y Suramérica; podríamos también preguntar a los homosexuales, quienes son tratados como criminales subhumanos en las llamadas sagradas escrituras (Levítico 20:13) y hoy se sugiere enviarlos al psiquiatra, como expresó recientemente el papa Francisco. También podríamos obtener respuestas de Giordano Bruno, quemado en la hoguera por imaginar algo distinto del universo a lo establecido por la religión; o Galileo, quien fue obligado, bajo amenaza de muerte, a negar lo que por observación concluyó de los astros; también Miguel Servet, quien perdió la vida, no solamente por contradecir a la iglesia católica, sino también a su disidencia religiosa luterana, al afirmar que la sangre circula por el cuerpo. Como estos, muchos otros casos de censura y tortura institucionalizada y legalizada en contra de personas que cuestionaban o pensaban diferente, y que hicieron su aporte para descubrir cómo funciona la naturaleza y el universo.

Ahora bien, recordemos que el dios de la religión cristiana no ve con buenos ojos cosas tan fundamentales para la ciencia como el cuestionamiento, la duda y la búsqueda de conocimiento más allá del revelado por esta deidad. Adán y Eva, castigados por comer del fruto del árbol del conocimiento, son el primer gran ejemplo de esto. En el libro fundamento de la religión cristiana, la Biblia, vemos una y otra vez el mandato de temer a Dios; la curiosidad y la duda son inconvenientes, pues llevan a la incredulidad, lo que a su vez conduciría al mismísimo infierno; en palabras del papa Francisco: “el espíritu de la curiosidad no es un buen espíritu: es el espíritu de la dispersión, de alejarse de Dios, de hablar demasiado”.

También se puede observar esa repulsión por el razonamiento crítico en epístolas como la de Santiago a las doce tribus, diciendo: “Pero que se pida con fe, sin dudar, porque quien duda es como las olas del mar, agitadas y llevadas de un lado a otro por el viento”.

En el evangelio según Juan, Jesús califica a los incrédulos como hijos del diablo; sin embargo, en este mismo evangelio él llama dichosos a los que “creen sin haber visto”. En otras partes se califica a los incrédulos y dudosos como necios, incluso en el antiguo testamento hay penas capitales para estos.

Hay una premisa nefasta en la Biblia para la búsqueda de la sabiduría y el conocimiento, tal como lo describe el libro de Proverbios cuando afirma que el principio de la sabiduría es el temor. Estaría de acuerdo en que sea el temor a la ignorancia, pero no es lo que al parecer Salomón, o quien haya escrito esto, quiso decir; a lo que se refiere el texto es temor a Dios. ¿Cómo sería posible que el principio del conocimiento y la sabiduría sea el temor a una religión o al concepto de dios que esta maneje? Preferiría la frase de Descartes: “la duda es el principio del conocimiento” o de Aristóteles: El ignorante afirma; el sabio duda y reflexiona.

El escepticismo lleva al estudio y la investigación, y sin esto es simplemente imposible obtener conocimiento. Sí, ese mismo escepticismo que el fundamento de la religión cristiana desprecia y condena.

¿Por qué hago hincapié en las palabras “duda” y “cuestionar”? Porque son piezas fundamentales en el funcionamiento del método científico, y aquí está la principal contradicción entre religión y ciencia. Como reza una conocida frase: “Religión es la cultura de la fe; ciencia es la cultura de la duda”. La religión es subjetiva, reclama fe de tu parte; demanda que des por hecho eventos improbables; dar por sentadas afirmaciones sin evidencia; pide fidelidad, temor y rendición ante el concepto de deidad y sus premisas. 

En contraste, el método de la ciencia implica objetividad, implica cuestionar a la autoridad y a las afirmaciones extraordinarias, y así mismo, pedir evidencias extraordinarias para aceptarlas. La filosofía de la ciencia es la de corregirse a sí misma, cambia o hasta renuncia a postulados si la evidencia así lo indica. En palabras del más importante divulgador científico, Carl Sagan:

“En ciencia, ocurre a menudo que los científicos dicen: ¿Sabes?, ese es un gran argumento; yo estaba equivocado. Y luego cambian su mentalidad y jamás se vuelve a escuchar de sus bocas esa vieja opinión. Realmente hacen eso. No ocurre tan a menudo como debiera, porque los científicos son humanos y el cambio es a veces doloroso. Pero ocurre a diario. No soy capaz de recordar la última vez que pasó algo así en la política o en la religión. Es muy raro que un senador, por ejemplo, responda: “Ése es un buen argumento. Voy a cambiar mi afiliación política””.

 

El método de la ciencia es una poderosa herramienta que evoluciona y se autocorrige. No es perfecto y puede ser mal utilizado, pero indudablemente funciona, y es el mejor método del que disponemos para encontrar la verdad, para sobrevivir como especie, para mejorar nuestra calidad de vida, para descubrir cómo funciona el universo y hasta para simplemente maravillarnos, porque como diría Richard Dawkins: “La ciencia es la poesía de la realidad”.

Pero entonces, ¿qué sucede con lo que la ciencia no ha explicado y la religión aparentemente sí? Lo que muchas veces se encuentra en estas afirmaciones es apelar al “dios de los huecos”. Por ejemplo, hasta hace un tiempo no existían las herramientas y métodos que hoy tenemos para explicar las causas y posibles soluciones a muchas enfermedades mentales; sin embargo, para el humano es muy difícil aceptar su ignorancia y expresar un sincero “no sé”. Entonces, en el afán de dar sentido a esto, se buscó con la religión “llenar” este vacío con posesiones demoniacas, maldiciones, exorcismos y rituales. Hoy tenemos muchas otras incógnitas, pero debemos aceptar que por ahora no tenemos el conocimiento, los instrumentos, ni las técnicas para explicar una infinidad de fenómenos en el universo; solamente nos queda expresar un “no lo sabemos aún”, y trabajar para obtener ese conocimiento faltante, y qué mejor manera de obtenerlo que con el método científico.

Y si religión y ciencia son tan diferentes y contradictorias, ¿por qué muchos religiosos han sido grandes contribuyentes al conocimiento científico, en especial en siglos pasados? Como se presentó al inicio de este artículo, en un par de continentes dominados en absoluto por una religión, el no ser parte de esta habría sido considerado apostasía y afrenta hacia los que tenían el absoluto poder en ese momento, en consecuencia, no había muchas opciones en aquel entonces. Para ser francos, sin importar que fuese un sacerdote quien emprende la investigación científica, los progresos impactantes en la ciencia vienen de ignorar o rechazar, así sea por un momento, la idea de intervención divina y los dogmas religiosos. De lo contrario aún seguiríamos pensando en un universo diminuto y geocéntrico o continuaríamos viendo a las enfermedades como maldiciones surgidas de la voluntad de un ser sobrenatural. Por ende, no sería exagerado decir que la religión, además de no complementar a la ciencia, a veces puede llegar a obstaculizarla.

En uno de esos artículos de divulgación que buscaban complementar ciencia y religión, se enunció como prueba de que estas van de la mano el hecho de que un sacerdote como Georges Lemaitre realizó un gran aporte al conocimiento científico como precursor de la teoría de la gran explosión (Big Bang). Bueno, por supuesto Lemaitre hizo esta enorme contribución, y ser sacerdote al parecer no fue impedimento para este logro, pero me pregunto si bajo esta lógica, quien esgrime este argumento estaría dispuesto a aceptar que nazismo y religión católica también van de la mano, teniendo en cuenta que el cardenal Eugenio Pacelli, quien llegaría a ser el papa Pio XII, firmó un concordato con el Reich alemán en 1933. Creo que le sería muy difícil aceptar esto, porque es muy arriesgado concluir algo muy general de un solo hecho en particular, de la misma forma que él lo hace con Lemaitre, la ciencia y la religión.

En este orden de ideas, por más romántico y conciliador que suene decir que religión y ciencia se complementan o van de la mano, la realidad es que no es muy honesto afirmarlo, porque en cuanto a sus conceptos son diametralmente opuestas; históricamente, la religión ha demostrado ser hostil hacia la búsqueda objetiva del conocimiento; los fundamentos literarios religiosos revelan mucha antipatía y hasta repudio hacia la duda y la crítica. Y por más que se usen los eventos anecdóticos de sacerdotes científicos, esto no es prueba de lo contrario. Una cosa es religión, y otra diferente es una persona religiosa que por un momento depone sus dogmas y subjetividades para obtener resultados de la observación y la experimentación metódica. También, por más que se evidencie que hay puntos donde la ciencia no ha podido llegar, esto no implica que la religión sí lo haga o lo haga mejor, esto solamente implica que aún ignoramos muchos aspectos, y cerrar esas preguntas porque supuestamente la religión ya las respondió, solamente nos priva de conocer la realidad.

Creo yo es importante, y más en un país como este, que se haga una correcta divulgación científica, sin torcer los conceptos para acomodarlos a gustos o emociones personales; por el contrario, hacerlo sin miedo de desilusionarse a uno mismo, de modo que se empodere al colombiano de a pie, y así tenga una herramienta y una forma crítica de pensar, que le ayude a no ser víctima de la ignorancia, el populismo, la corrupción, la violencia y el atraso.

 

Oscar Trejo Bastidas es colaborador de la Asociación de Ateos de Bogotá, que autorizó la publicación de esta columna como respuesta a este artículo de Martín Franco Vélez.
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