Somos 70% agua, 150% fuego

Author: erincon Fecha:Noviembre 14, 2019 / Etiquetas: Ciencia, Amazonía, fuego, ser humano

Por Andrés Carvajal

Siempre ha sido mágica la relación del ser humano con el único de los cuatro elementos griegos que no es sustancia sino proceso: el fuego. Con él, hemos creado toda suerte de ilusiones fantásticas. Por ejemplo, gracias a que somos los únicos seres vivos de la Tierra que ostentamos su dominio, hemos podido andar por ahí sin que se nos note mucho que somos más lentos, torpes y débiles que la mayoría de los demás animales. Con el fuego que nos dio Prometeo se pueden hacer trucos mucho más alucinantes que los de Houdini. Mucho antes de que descubriéramos los átomos, pudimos penetrar la estructura molecular de la materia para transformarla a nuestra conveniencia: cuando pasamos por las llamas al débil cobre y lo mezclamos con el aún más débil estaño para producir un resultado paradójico, un material más fuerte: el bronce, nuestra primera aleación importante que inició toda una Edad en la prehistoria.

La Edad del Bronce forjó –literalmente– nuestro destino porque produjimos un metal que pudimos afilar, a diferencia del cobre, que cuando se somete a una alta presión cede fácilmente. Tener un metal con el que se pueden fabricar, como dicen en los noticieros colombianos, “elementos cortopunzantes”, aumentó nuestro dominio sobre el entorno y los demás seres vivos. Y sin esta innovación, ¿a qué se dedicarían las barras bravas del fútbol hoy en día?

Hace 20.000 años, mucho antes del bronce, el fuego ya nos había ayudado a desafiar los rigores del medio ambiente y salvarnos de que los mamuts se burlaran cuando se congelara nuestro lampiño culo en las más frías noches de la última Edad de Hielo. Pero por si las moscas, para que no nos hicieran bullying, fuimos quienes exterminamos a los mamuts de la faz de la Tierra (según lo sugieren algunas investigaciones y nuestro pasatiempo más actual de extinguir especies).

Y miles de años antes de la Edad de Hielo, nuestros antepasados menos hábiles, como el Homo erectus o el tío de derecha, ya podían calentar con fuego las piedras para partirlas y sacarles punta y filos cortantes. Eran herramientas de caza menos estéticas que las de bronce, pero  efectivas si se usaban cuerpo a cuerpo y con la suficiente fuerza. Además de hacer posible la elaboración de los utensilios para obtener el alimento, el fuego nos ha ayudado a consumirlo mejor. Gracias a la cocción, los alimentos se libran de muchas bacterias, son más digeribles y de mejor sabor. El fuego no solo es una reacción que transforma químicamente la materia como lo sabían los alquimistas, también ha transformado nuestra propia biología: nos convertimos en una especie con estómagos pequeños y cerebros grandes, que al cocinar y nutrirnos eficientemente, no tenemos que estar buscando comida todo el día. Así podemos dedicar más tiempo a tareas trascendentales como la creación, la planeación y ver memes en internet.

Usando a destajo el regalo de Prometeo, nos hemos transformado a nosotros mismos y a nuestra casa. A través de incendios provocados y controlados desde la época de las primeras tribus sedentarias, hemos hecho aparecer por arte de magia terrenos de cultivo donde antes había vegetación silvestre. Nuestras llamas han ido cambiado ecosistemas y la apariencia del planeta desde épocas inmemoriales. 

Por mucho tiempo, nuestra pasión ardiente tuvo límites: la disponibilidad de materiales combustibles, la geografía, la extensión del terreno, la lluvia… Pero ya no los tiene, ahora estamos sueltos como gabetes quemando hasta la selva del Amazonas con el soplete del capitalismo, taz taz taz. Los límites empezaron a ceder hace muy poco, a partir de la construcción de la máquina de vapor de Watt que impulsó la Revolución Industrial, porque empezamos a controlar nuestros fuegos de una manera muy sofisticada. La reducción de la disponibilidad de material combustible en el presente, la superamos viajando al pasado. Abrimos agujeros grotescos en la Tierra para llegar, montados en taladros gigantes, retroexcavadoras y otras máquinas del tiempo monstruosas, hasta el material combustible del pasado geológico, convertido por los milenios y la presión del subsuelo en carbón o petróleo crudo. Luego, simplificamos el fuego como reacción y lo confinamos en las cámaras del motor de combustión interna donde queda aislado de los elementos de la naturaleza y podemos controlar chispa, oxígeno y combustible y dejarlo arder de manera ininterrumpida todo el día, o todo el año, o toda la vida… Eternizamos el hechizo. 

Con el fuego confinado en el motor de las máquinas, la humanidad puede hacerlo todo. Puede moverse rápido a donde quiera* (*excepto si está en Bogotá y toma la vía al Llano, o va para Suba), incluso puede ir al espacio exterior, puede excavar montañas y hacer túneles** (**excepto si es el Túnel de la Línea que llevamos como 50 años tratando de construirlo), puede hacer más huecos para sacar más petróleo o más gas para seguir haciendo fuego en un círculo infinito y tan caliente como el séptimo o noveno círculo del infierno. Nuestros smartphones que hacen de todo como si fueran el kit de magia profesional del mismísimo mago Merlín, no son nada al lado del fuego; los smartphones son aún hechos principalmente por el fuego, a pesar de los avances en energías renovables. La iluminación eléctrica ya no nos deja ver tanto las otrora omnipresentes llamas en velas y candelabros, pero podemos sentir la presencia abrumadora e incesante del fuego en nuestras ciudades a través de su subproducto más aromático: el humo de los tubos de escape que viene aderezado con óxidos de carbono y nitrógeno, material particulado y quizás otras especias cancerígenas.

El problema de hoy ya no son los límites naturales a nuestra magia, sino qué hacer con los gases de la combustión. Estamos transformando los ecosistemas a una velocidad y escala jamás vista antes, ya no los cambiamos simplemente, les hacemos extreme makeover. Con el fuego ya no estamos calentando solo los alimentos de la tribu, cocinamos el planeta entero. No nos detiene saber que afectamos los hielos de polos y cumbres, porque aunque somos 70% agua, somos 150% fuego. Hemos hecho de nuestra magia un espectáculo extraordinario de peligroso escapismo. Nos volvimos unos houdinis enloquecidos por nuestro sistema de producción y consumo que quizás intentarán el truco casi imposible de escapar de su baúl hirviente hacia el planeta habitable más próximo en el último segundo.

 

Andrés Carvajal. Escritor. Creador de contenidos audiovisuales. Ha escrito sátiras para diversos medios y formatos. Columnista y líder editorial en Todo es Ciencia. Hace parte de Guoqui Toqui, un laboratorio de contenidos audiovisuales. Gurú que enseña a hacer casi tan feliz como los políticos en el canal de YouTube Aprende con Muchotropico.

Ilustraciones de @raeioul

 

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